Un ‘Brujo’ cuerdo y genial

El actor Rafael Álvarez, ‘El Brujo’, ofrece una clase magistral de Cultura y la vida sobre las tablas del Lope de Vega, en ‘Misterios del Quijote’.

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Rafael Álvarez, ‘El Brujo’, en un momento de ‘Misterios del Quijote’.

Han pasado varios días y sigo, digamos, embrujado. Parece un adjetivo fácil, tratándose del protagonista de este reseña, pero no encuentro otro más idóneo.

La interpretación que ‘El Brujo’ hizo esta semana sobre la figura del Quijote y de su autor fue sorprendente y genial. Propia de un genio, pero no de un inventor.

La realidad es siempre diferente dependiendo del cristal con el que se mire. Es una percepción. Dependiendo de quien la mira, tiene un significado u otro.

Esto mismo le pasó a Miguel de Cervantes Saavedra cuando escribió en el siglo XVII Don Quijote de La Mancha, la obra maestra de la literatura universal.

Y si haces un sondeo a la salida del teatro, encontrarás opiniones para todos los gustos. Eso sí, ‘El Brujo’ no dejó indiferente a nadie.

«¿Quién no ha leído la historia de Don Quijote? Pues más de uno, no sabrá de qué hablo aquí. Muchos, sí». Así interpelaba el dramaturgo cordobés al público que llenaba el Teatro Lope de Vega la noche del estreno de ‘Misterios del Quijote’.

Antes de entrar, un gran amigo y quien escribe estábamos emocionados y con la expectación de quien va a ver por primera vez a un gran actor. Eso fue antes. Porque cuando salimos no nos salían ni las palabras.

Entendimos por qué Rafael Álvarez lleva el sobrenombre de ‘El Brujo’. El que más, el que menos, pero todos los que estuvimos esa noche quedamos alucinados.

El comienzo fue extraño. ‘El Brujo’ salió al escenario ataviado con una túnica y gorra de color rojo, y entre los aplausos del público. El actor comenzó a hablar con los que llenaban el teatro. Desconcierto. A continuación pareció entrar en éxtasis… Hablaba y bailaba con el son de los acordes flamencos, pero sin ton. Decía cosas y más cosas…Se movía de forma un tanto ridícula, aunque con mucho arte.

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‘El Brujo’ gesticula durante su interpretación.

¿Pero qué tenía que ver aquello con Don Quijote de La Mancha? Nos pareció una introducción a la propia representación, pero no lo era. La función ya había comenzado. Tras ese preámbulo, que nunca fue tal, comenzó un frenesí repleto de locura, humor, ingenio, verdad y embrujo. Un verdadero recital. Un canto a la vida. Algo inesperado.

No era un monólogo, aunque sólo hablaba él. Recitaba, gesticulaba… Cabalgaba como Don Quijote. No, ¡era Don Quijote! Lenguaje verbal y no verbal. LENGUAJE en sentido mayúsculo.

Su hora y media sobre el escenario fue un homenaje a la Cultura. A través de sus palabras, transmitió su amor a Cervantes y al Quijote. Pero también a Picasso, a Velázquez, Zurbarán… «Si Velázquez ve lo que hizo Picasso con ‘sus’ Meninas, ya no se levanta». Y se empezaron a oír las primeras carcajadas. No serían las únicas…

Mencionó a Donald Trump («Algo bueno tendrá para que lo haya votado tanta gente») y a Pablo Iglesias (¿Ese no es el hijo del cantante?). Más risas.

Recitaba sin descanso. Apenas respiraba. Pero demostró un control sobre la voz admirable. Parecía delirar. Como Don Quijote… Y es que no sabías si estabas viendo a un actor, al Quijote mismo o a un genio. Diría que todos juntos.

Entre el desconcierto inicial y muchas risas, el dramaturgo cordobés se pone serio y lo entrega todo ante un público estupefacto ante lo que ven sus ojos y oyen sus oídos.

‘El Brujo’ en su reflexión sobre la obra cumbre de la literatura universal, hizo un repaso por la Cultura, la Historia y la vida, como nunca vi. Hilaba fino. Y removía conciencias con cada una de sus palabras.

Demostraba un conocimiento exhaustivo cuando hablaba. Poesía. Otra vez el LENGUAJE, que cuidaba con esmero.

A las mujeres como ‘doñas’, no tías

Y en éstas que se detuvo para contarnos el momento en el que Don Quijote decide autonombrarse caballero. El escuálido personaje subido en su escuálido caballo blanco, Rocinante, llega a una venta que le parece un castillo. A las puertas dos bellas damas (putas en la realidad), que clavan sus ojos en el nuevo huesped.

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‘El Brujo’ exclama con la mirada en el infinito.

‘El Brujo’ nos recuerda el pasaje y, de repente, da a conocer la figura de su padre. ¿Realidad o ficción? No lo sabemos, pero el dramaturgo decide dar protagonismo a su progenitor.

En el interior de la venta, Don Quijote tenía delante de sus ojos a dos lozanas mozas (putas) y al duque, dueño de aquel ‘castillo’ (el ventero). El hidalgo caballero observa el tratamiento que reciben ambas mujeres, sorprendidas por el singular personaje que tenían delante.

Don Quijote decide rebautizar a las dos prostitutas. Y antecede a su nombre la palabra ‘doña’. Y de repente, ‘El Brujo’ sentencia: «Así habría que llamar a las mujeres, doñas, y no tías». El teatro quedó en un silencio reflexivo.

De toda la novela de Cervantes, el pasaje de la venta quizás no sea el más conocido. Hay otros más recordados. Unos de los que más, el de Don Quijote cuando divisa algo a lo lejos… Su vista y su mente confunden molinos con gigantes. Y arremete contra los primeros para darse de bruces con la realidad.

‘El Brujo’ nos habla de los juglares, de los caballeros… Cervantes plasma por escrito con su novela universal ese mundo anterior de siglos antes.  ‘Don Quijote de La Mancha’ es la primera novela que narra esas historias. Los famosos libros de caballería, mencionados una y otra vez por el protagonista de la novela.

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Rafael Álvarez ‘El Brujo’.

El dramaturgo cordobés viene y va. Parece que desvaría, que está alucinando como Don Quijote… Y de golpe, se vuelve cuerdo: «Ya estoy mejor», enuncia en varios momentos de su sublime actuación.

Volvemos al principio. La realidad es la percepción de lo que uno ve. Don Quijote veía lozanas mujeres, en lugar de putas. O gigantes, en lugar de molinos. Incluso Miguel de Cervantes simbolizó el vino como la sangre… ¿Realidad o ficción?

‘El Brujo’ no es un actor al uso. Es un genio. Pero es un genio no por inventar nada. Si no porque demostró sobre las tablas del Lope de Vega ser auténtico, genuino. Genio y figura…

Y fue mucho más allá de una reflexión personal sobre cómo ve al personaje universal, que Cervantes creó.  Donde, posiblemente, estemos todos y cada uno de nosotros. ¿Quién no lleva un Quijote dentro? Porque a quién no le gustaría que, a veces, la realidad se convirtiera en ficción y que ésta se convirtiera alguna vez en realidad.

Con elegancia, con LENGUAJE, hizo una feroz crítica a la sociedad de hoy, «donde falta verdad». Elogió a Miguel de Cervantes Saavedra que «escribió un libro moderno en el siglo XVII con una variedad de recursos extraordinaria» y la figura de aquel lunático, que el insigne escritor bautizó como Don Quijote.

Y recordó a los presentes el paralelismo entre el final de la novela de Cervantes con el del Evangelio de San Juan. «El moribundo gritó en voz alta: «Y este qué? Y el mismo, de manera calmada, a sí mismo, dulcemente se respondía: ¿Y a ti qué? Si yo quiero que él se quede y tú vengas, ¿a ti qué?. Tú sígueme».

Cada uno ve lo que quiere ver… «Cuenten a sus hijos, a sus nietos, esta novela. Háganlo cómo quieran, pero cuéntenla», apostilló. Todo el teatro en pie. Ovación cerrada.

Yo no había visto nunca a ‘El Brujo’ subido a un escenario. Ha sido mi primera vez. Y confío en que no sea la única. Espero que la memoria -que sólo retiene un 10 por ciento de lo vivido- me traiga siempre esa noche.

La rueda de prensa

Tras una representación extraordinaria y poco común, ‘El Brujo’ hizo un llamamiento al público para abrir un coloquio. «Pueden ustedes preguntarme lo que quieran». Y cuando se abrió el turno, los allí presentes seguían en schock con lo visto y oído hora y media antes.

Durante la función, mencionó a una acomodadora y un micrófono. Pero todos pensamos que estaba hablando en broma… Pero resultó ser en serio. Más de medio teatro se quedó a aquella insólita rueda de prensa. Y excepcional.

«He venido a celebrar la vida, el presente», dijo ‘El Brujo’. Todos en el Teatro Lope de Vega la celebramos con él. Y salimos hipnotizados…

Testigo directo: Fernando Chacón