Dovlatov o la censura no violenta

Dovlatov, una de las películas que se proyectaron en el SEFF.
Impactante escena de Dovlatov, de Aleksey German Jr.

SEFF Día 6

Juan Antonio Hidalgo, crítico de cine y cinéfilo

La última vez que Aleksey German Jr estuvo en el certamen sevillano fue en 2015 con Under electric clouds, y provocó deserciones masivas en las salas.

Por ello, quizás existía cierto miedo ante esta Dovlatov, solo por si acaso. Sin embargo, la sorpresa fue más que agradable.

German narra una semana en la vida del escritor disidente Sergei Dovlatov, quien, a pesar de sus muchos intentos, de conocer a personas que pueden ayudarle, de todas sus entrevistas, y (sobre todo) de que sus escritos tienen alta calidad, no consigue que le publiquen sus poemas; porque se niega a venderse al poder y escribir lo que le piden (y cómo se lo piden).

Dovlatov
 es el retrato de una época en la que la censura del estado era poderosa, pero no se ejercía mediante la represión violenta, sino casi sin que se notara, simplemente no permitiendo que la gente se dedicara a lo que quería (como aquí, encargándole artículos que vanaglorian la perfección del estado, pidiéndole rehacerlo una y otra vez…).

Ese es precisamente el tema de la cinta, el de la censura (no violenta) en toda la sociedad (incluso la actual).

Pero el horror del sistema que se ejercía en la época retratada se debía a que era un estrangulamiento muy lento, año tras año, tanto que los autores (German opina que la calidad era mucho mayor entonces que ahora), apenas la sentían hasta que ya era tarde.

La escena en la que centenares de manuscritos se encuentran esparcidos por el suelo, tirados en la calle, cedidos a las escuelas para que los niños lo usen como papel de a sucio, es deprimente.

Pero para el director, la censura es un hecho que ocurre en todo el mundo, y que se da de diferente manera, sin que tenga por qué mediar prohibición de por medio.

La película consigue mostrar esa atmósfera oprimente que sufrían los autores, y a pesar de ello, el humor no abandona la historia.

Hay un gag recurrente con la novela Lolita y sus perseguidos lectores en el punto de mira. Además, hay un más que evidente aire al cine de Woody Allen (pasado por el evidente tamiz ruso) en el estilo, los diálogos e incluso la música de jazz…

Muy interesante, divertida y potente, Dovlatov es una agradable sorpresa y seria candidata a premio en el certamen.

Otra de esas cintas necesarias por el tema que trata es Joy, dirigida por Sudabeh Mortezai en la que es su segunda película, que se llevó en Venecia el Premio Europa Cinema Label.

Y es que la cinta austriaca muestra sin paños calientes, la terrible problemática de las mujeres africanas que son enviadas a Europa para mercancía para la prostitución.
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Así, las protagonistas son Joy y Precious, hermanas que tratan de pagar su deuda con una madame que no necesita ejercer la violencia contra ellas; ya que la extorsión, la manipulación y la superstición (ya desde antes de la partida, en su país de origen, con una ceremonia en la que se mata a un pollo en directo, escena muy dura, que da significado a las creencias de las víctimas, pero que se antoja que no era necesario ser mostrada) son suficientes para que ni denuncien ni abandonen.

Los personajes son fuertes. La historia es igualmente potente. Sobre todo por mostrar con crudeza el mundo en el que viven las chicas; por atizar prácticamente a todo el mundo, incluso a las mujeres que -una vez saldada la deuda- se convierten asimismo en madames, para continuar explotando a las nuevas chicas que siguen llegando desde África…

Pero cinematográficamente, Mortezai tiene poco que ofrecer. Una narración monótona, en la que nada hay de novedoso ni de sorprendente.

La tercera cinta a concurso del día mostraba, esta sí, un tema novedoso, que (prácticamente) nunca se ha visto en pantalla, el del fisioculturismo femenino.

Dirigida por Elsa Amiel, quien tenía en su curriculum numerosos trabajos como ayudante de dirección para Bertrand Bonello, Mathieu Amalric y Noémie Lvovsky, y debuta en la dirección con esta cinta, la protagonista de Pearl es precisamente Léa Pearl, una mujer que está a menos de tres días del campeonato mundial de culturismo, para el que lleva mucho tiempo entrenando duramente con su entrenador, Al.

Es entonces cuando aparece Ben, la antigua pareja de Léa, que le pide ayuda para cuidar al hijo que tuvieron en común, y que ella abandonó cuatro años atrás para dedicarse por completo a su carrera deportiva.

Ahora el pequeño no conoce a su madre, ni ella está preparada para dejarlo todo por él.
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Amiel muestra los momentos duros en la dedicación tan exclusiva a la que deben enfrentarse las competidoras: entrenamientos extenuantes, dietas imposibles, inyecciones de hormonas que las hacen perder la menstruación…

Dedicación que conlleva un extraordinario dolor físico, pero que también apareja una enorme sensación de tristeza, de soledad, de desánimo, entre muchas de ellas (no lo vemos solo en el rostro de Léa, también en el de otra competidora, Serena -interpretada por Agata Buzek, que hace doce años estuvo en el SEFF con su Valerie-).

La directora consigue un debut contundente, con gran trabajo visual con la estética y con los contrastes mostrados.

Esa potencia física enfrentada a la fragilidad personal (hay un momento en el que una masa de músculos inmensa está llorando en un rincón y el pequeño hijo de Léa le espeta una frase demoledora que termina de hundirlo), y que cuenta con dos buenas interpretaciones en los papeles protagonistas con Julia Föry y el siempre solvente Peter Mullan.

Por otro lado, en la sección Las Nuevas Olas pudimos ver Adam & Evelyn, una cinta pequeña con solo un puñado de personajes en los días previos a la caída del muro de Berlín.

Ambos viven en la Alemania comunista. Ella trabaja de camarera, y tras pillarle a él (modisto de señoras) en una postura comprometida con una de sus clientas, escapa con unos amigos de vacaciones al oeste. Adam la sigue.

Se suceden algunos líos amorosos, innumerables (e interminables charlas), donde lo privado se verá irremediablemente mezclado con lo político.
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Con un ritmo monótono y en ocasiones demasiado cansino (hay momentos en los que entre frase y frase de un diálogo transcurren varios segundos sin que haya motivo alguno para ello), Adam & Evelyn (basada en una novela de Ingo Schultze).

Las motivaciones de los protagonistas no están claras, no sabemos qué es lo que quieren de la vida, por qué hacen lo que hacen, y pareciera en gran parte del metraje que por sus venas corre horchata en vez de sangre.