Con ‘z’ de Rozalén

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Redacción: Fernando Chacón

1. Rozalén puede con todo
2. De la vida a la muerte
3. Es de Albacete y canta sevillanas

Rozalén ofreció en Icónica Santalucía Sevilla Fest uno de esos conciertos que te dejan con el corazón ‘encogío’ y con ganas de no parar de bailar, al mismo tiempo. La artista albaceteña, con su portentosa voz, y sus enormes ganas de transmitir a las más de 3.000 almas presentes, presentó ‘El abrazo’, su último disco, que resultó ser todo un símbolo.

Es la segunda vez en dos años (en Icónica) que he tenido la oportunidad de ver a la cantante manchega. De ella te quedas con su dulzura y con su enorme talento para la música. Y con su humanidad.

Rozalén en Icónica Sevilla Fest
Rozalén junto a Beatriz Romero, su intérprete de signos.

A Rozalén hay que quererla porque ella canta con toda su alma. No se deja nada. Es una artista, con mayúsculas, que lo da todo sobre un escenario. Sus letras mezclan la pena y la alegría, la vida misma. Le canta al amor, al desamor, dedicándole una canción a un ‘ex’ (a quién se le puede ocurrir), y a la inevitable muerte. Todo con calidez y calidad.

Lo mismo la escuchas y te llevas “un sofocón” después de susurrarte al oído tres canciones, que terminas bailando como si no hubiera un mañana. Así fue su concierto en la Plaza de España, nuevamente bellísima, para la ocasión.

Rozalén puede con todo

En una noche, no especialmente calurosa para la fecha en Sevilla, Rozalén se encontró con dos enemigos de inicio: los fallos de sonido (que no dudó en aludir tras su primera canción) y los mosquitos que, como a los que tenemos imán, la traían ‘frita’. Pero la albaceteña es una mujer de rompe y rasga, y un simple insecto no le va a amargar la fiesta “para vivir una noche inolvidable en un sitio como éste”.

Rozalén en Icónica Sevilla Fest
Imagen espectacular del escenario durante el concierto de Rozalén.

Y como no podía ser de otra forma, Rozalén mostró en el incomparable marco de la Plaza de España del siempre presente Aníbal González, “la cara amable del mundo”, dedicada a su sobrino de 10 años que, seguramente, no entendería muy bien la canción de su tía. Pero ahí quedó. La artista quiso recordar sus felices momentos de la infancia . Después sonó de su amplio y variado repertorio, “Vuelves”; “Comiéndote a besos“; “Y busqué”, que puso el punto y final al primer acto.

De la vida a la muerte

Y aunque ya nos avisó de que nos iba a dar “un sofocón”, pocos esperaban lo que se nos vino. El primero, quien os escribe. “Amo mucho más la vida al ser consciente de que se puede dar un último abrazo a alguien”, dijo, en referencia a la muerte de su abuela durante la pandemia que, a muchos, nos dejó muertos en vida.

Me la vi venir, pero no tanto. A ella, a su abuela, le cantó “Ceniza” con una letra muy explícita, para a continuación romperme el alma en dos con “Entonces”. Ahí ya no supe si estaba en un concierto o en el tanatorio donde estaba mi padre con el ataúd sellado por obra y gracia del maldito Covid, que lo sentenció. Lloré desconsoladamente sin mirar al escenario. Me mató, literalmente. A mí y la mayoría de los que sufrimos la pérdida de a quien más quisimos en vida. “Todo lo que amaste” fue el ‘broche final’ al mencionado “sofocón”.

Es de Albacete y canta sevillanas

Una mujer como María de los Ángeles Rozalén Ortuño nace en Albacete, pero puede hacerlo donde quiera. De hecho, la manchega tiene reaños para cantar y bailar lo que le echen. Y estando en Sevilla, pues se marcó una de esas sevillanas de antaño, las primeras que mi padre me enseñó, tocadas a piano (en casa tengo el cassette), por Manuel Pareja Obregón. Sonó así “La historia de una amapola” con la que Rozalén se ‘reconcilió’ con la gente después de provocarnos minutos antes un verdadero mal rato. 

Y de una sevillana, a una jota: “Te quiero porque te quiero”. Y aquello ya no tenía ni orden ni concierto, pero que más da. La gente estaba contenta, por fin, y había salido del dichoso sofocón, que aún me dura.

El final fue festivo, como no podía ser de otra forma en una mujer que es pura alegría. Me recordó a mi padre cuando recitaba de forma compulsiva -ya malito- lo siguiente:

Mientras haya luna y sol

que no haya pena ninguna,

porque mientras el sol se apaga,

se va encendiendo la luna.

Mi padre fue siempre la alegría hasta en el momento casi de su muerte. Rozalén se quiso despedir de Sevilla, así, con los ánimos arriba. Y terminó abriendo esa ‘Puerta Violeta’ que es un canto contra la violencia machista y uno también a la esperanza, alzando un pañuelo blanco al aire en homenaje a quienes se fueron de la peor manera. Rozalén le dio un abrazo sincero a Sevilla, y Sevilla se lo devolvió.

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